
Dioses en el celuloide.
Resulta que me estoy mudando de casa, y mañana traen las cosas. Por eso estoy durmiendo en un hotel, con mi hermana y las niñas. La vida se torna complicada, agotadora y divertida, dependiendo de la temporada y los guionistas. Yo no sé en qué temporada de mi vida me encuentro, si en la tercera o la cuarta. Está claro que la cadena ha decidido apostar fuerte por un cambio de rumbo de las tramas. Mi vida es ahora un torbellino de turning points salvajes que están elevando violentamente mi share mental.
Todo este tiempo sin escribir responde a una serie de subtramas relacionadas con la falta de ADSL en mis venas. Se trata un producto lisérgico de la rama del LSD, pero con las letras revueltas. Con el tema éste de pasar una noche en un hotel a cincuenta metros de mi casa, he pillado unos gramos de conexión que me permiten esribir y contar qué pasa.
A ver si mañana o pasado empiezo a colgar fotos de rodaje que tengo acumuladas e informaros de cuál es el estado de la producción, mientras descanso esta semana santa, y recupero fuerzas para el tercer asalto: el montaje.
Me espera una edición complicadísima, con docenas de tomas únicas, planos desenfocados y demás dramas. Sé que lo tengo, que lo que funciona en la cámara uno no funciona en la dos, que en la toma tres está la reacción buena para la mirada de la toma dos de la segunda cámara (a ese nivel toda la película): desentrañar el jeroglífico me llevará meses. Un auténtico trabajo de chinos.
Nunca nadie me ha colocado en una situación tan extrema. Nadie. ¡El demonio les confunda!